lunes, 14 de enero de 2019
Orfandad
Mi abuelo murió hace 9 meses y yo lo extraño mucho y siempre. Y, a veces, cuando me concentro en su recuerdo me dan muchas ganas de llorar porque todavía no entiendo el mundo sin él. Y porque lo extraño desde que estaba enfermo y salió de la clínica ya casi sin voz y sin su risa.
Hace una semana murió el abuelo de una amiga del colegio y hace dos días murió el de mi prima paterna. Entonces entendí que también nos quedamos huérfanos de abuelos y que el mundo cambia drásticamente y para siempre porque muchas veces con ellos se van las casas, las comidas ricas, los almuerzos cuando cobraba la pensión. los paseos a tierra caliente y su fe en mí.
Y a mí el mundo así, sin él, me parece tan incompleto. Sé que donde está, él está mejor pero lo sigo extrañando mucho y siempre. La casa es la de mis abuelos, en plural, porque en mi lenguaje todavía no se ha ido del todo, porque todavía quiero enunciarlo de vez en vez para que permanezca en este mundo algo de él todavía.
Abue, me hace mucha mucha falta, especialmente en un día como hoy.
jueves, 9 de noviembre de 2017
Consuelo
Estoy en Montería, tierra caliente. Decidí volver al blog para romper el bloqueo que he asumido como normal y que me aleja de escribir.
***
Volví como consuelo.
Hubo un tiempo en que alimenté este espacio con más juicio y dedicación. Había muchas cosas que quería contar. Ahora, tengo todavía muchas historias pero no les encuentro el mérito para compartirlas. Tal vez ese sea una de las desventajas de este mundo ágil e hiperconectado: la sensación de que ya todo se ha dicho, todo se ha contado, todo se ha creado. Y no, es eso, apenas una sensación. Todavía queda mucho.
****
Me gusta ir a las librerías. Me gustan las carátulas de los libros, los títulos, las editoriales. Me inspiran mucho y me dan ganas de sentarme a escribir o a dibujar o alguna cosa.
En este momento veo desde la ventana cómo los demás crean, dedica tiempo de su vida a inventar, a combinar formas y colores, a construir escenarios y a jugar con todas las posibilidades. Yo miro a través y ni siquiera lo intento.
****
Hay mucho contenido diciéndole a una que se vuelva una exploradora, que viaje, que conozca, que hable con desconocidos, que viva y que aleje el miedo. Suena siempre tan fácil, pero es aterrador.
Escribir libera. Pintar, tejer, tocar guitarra. Mientras tanto estoy aquí aterrada y prisionera de la vida cotidiana: de los tumultos que esperan el cambio del semáforo para cruzar la calle, del gentío esperando el bus en la puerta de la estación, de los torniquetes a la entrada del edificio. Y aunque entre tantas minucias también hay resquicios de luz; la inspiración, la intención, el ímpetu de hacer se ha escondido debajo de la cama.
***
Volví como consuelo. Ojalá encontrara el ritmo que no me dejara claudicar.
Debo crear. Debo creer.
***
Volví como consuelo.
Hubo un tiempo en que alimenté este espacio con más juicio y dedicación. Había muchas cosas que quería contar. Ahora, tengo todavía muchas historias pero no les encuentro el mérito para compartirlas. Tal vez ese sea una de las desventajas de este mundo ágil e hiperconectado: la sensación de que ya todo se ha dicho, todo se ha contado, todo se ha creado. Y no, es eso, apenas una sensación. Todavía queda mucho.
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Me gusta ir a las librerías. Me gustan las carátulas de los libros, los títulos, las editoriales. Me inspiran mucho y me dan ganas de sentarme a escribir o a dibujar o alguna cosa.
En este momento veo desde la ventana cómo los demás crean, dedica tiempo de su vida a inventar, a combinar formas y colores, a construir escenarios y a jugar con todas las posibilidades. Yo miro a través y ni siquiera lo intento.
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Hay mucho contenido diciéndole a una que se vuelva una exploradora, que viaje, que conozca, que hable con desconocidos, que viva y que aleje el miedo. Suena siempre tan fácil, pero es aterrador.
Escribir libera. Pintar, tejer, tocar guitarra. Mientras tanto estoy aquí aterrada y prisionera de la vida cotidiana: de los tumultos que esperan el cambio del semáforo para cruzar la calle, del gentío esperando el bus en la puerta de la estación, de los torniquetes a la entrada del edificio. Y aunque entre tantas minucias también hay resquicios de luz; la inspiración, la intención, el ímpetu de hacer se ha escondido debajo de la cama.
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Volví como consuelo. Ojalá encontrara el ritmo que no me dejara claudicar.
Debo crear. Debo creer.
lunes, 12 de junio de 2017
Iré sin miedo
Hoy llegué a la casa y prendí el televisor en busca de las noticias (porque este lunes lúgubre debía terminar con más dosis de panorama gris). Me quedé en Señal Colombia que anunciaba la serie Hombres, de la que tenía un recuerdo lejano cuando estaba al aire, hace 20 años.
Hace 20 años, yo tenía 10, había hecho la primera comunión el mismo día del cumpleaños y quizás, lo más chévere, fue la fiesta que mi mamá nos organizó. A mí, varios invitados me dieron doble regalo, uno por la primera comunión, otro por el cumpleaños. Recibí 3 balones de básquetbol de personas diferentes, porque para esa época se pensaba (yo pensaba también) que mi deporte era ese. Otra amiga de mi mamá me regaló cuatro libros de Torre de Papel amarilla de Norma, para niños de 11 años en adelante. Fue uno de mis regalos favoritos durante mucho tiempo ¡Cuatro libros! ¡Míos! ¡Para niños grandes!
Hace 20 años no me imaginaba ni en mis sueños más remotos o mis juegos infantiles tener 30 años. Si jugaba a la universitaria ya era un futuro muy lejano y desconocido.
Alejandra Borrero y Margarita Rosa de Francisco actuaban en Hombres, dirigida por Carlos Mayolo. Y justo, en el capítulo de hoy, Alejandra Borrero, Mafe en la serie, cumplía 30 años y no quería aceptarlo. Decía que 30 años se le habían pasado en 20 minutos, así que cumplir 50 se le iban a pasar en un abrir y cerrar de ojos, que ya estaba cerca a la menopausia, que iba a empezar a celebrar con velorios en los siguientes cumpleaños. Margarita Rosa, Antonia, tenía "apenas" 28 y Mafe le decía que aprovechara, que estaba joven. Las dos trabajaban juntas y se vestían como -supongo- se esperaba que una mujer a los 30 años se vistiera en una oficina: de sastre. ¡Qué aburrido!
Cumplí 30 hace 12 días y estaba en el mar. Fue mágico y poderoso. Me llené de energía, de vaivén, del sonido de las olas, de las huellas de los perritos que caminaron conmigo en esa mañana de jueves. Me llené de todas las historias y los años, de los recuerdos, de las fotos, de memoria.
Tengo 30 años y no me visto de sastre. Ni siquiera uso tacones, tampoco maquillaje. El maquillaje me queda grande, aunque quisiera aprender. No creo que vaya a pasar a la menopausia en 5 minutos y no creo que haya vivido esta vida en vano. Agradezco.
Las veces en que me siento triste o desubicada, pienso en la infinidad del universo y recuerdo que esto es apenas una ficción, "un puñado de mar una broma de dios un capricho del sol del jardín del cielo no damos pie entre tanto tic tac entre tanto big-ban solo un grano de sal en el mar del cielo". Recuerdo que todo pasa, que todos vamos yendo.
Ya pasé la edad de mis ídolos juveniles. Se siente raro haber cumplido 30 y decir que tengo esos años, pero todo está bien. Todo irá bien. Life is bigger.
Todavía me quedan las ganas, todavía tengo ganas: de hacer, de ser, de sentir. Iré sin miedo.
lunes, 2 de mayo de 2016
Anhelo de ser
Ese proyecto de vida
ese ser más que nosotros mismos.
Jugar a la casita
decorar la sala
tener una sala.
Pensar en el día a día
la leche para el cereal
las galletas para el té.
Comprar flores para el florero
limpiar el polvo de los libros
abrir las ventanas para que se vaya el aire gastado.
Ese proyecto de vida
ese anhelo de ser.
miércoles, 13 de abril de 2016
De hojas en blanco y silencios...
Dejé de escribir porque me ocupé en otras cosas...porque dediqué la vida de ese tiempo a recorrer una ciudad que no terminé de conocer pero que me maravilló constantemente. Y aunque siempre tuve los temas presentes, aunque cuando caminaba se me ocurrían las historias y en muchos momentos vi la oportunidad de escribir acerca de eso, no lo hice.
Dejé de escribir porque a veces las palabras le duelen más a los demás que a nosotros mismos. Tal vez ni siquiera son las palabras, sino la interpretación de ellas. Decir casa o lengua o avestruz no podría significar otra cosa que lo que se entiende por casa. No obstante, fueron los otros que vieron en lengua lo que yo no estaba mostrando, los que vieron en avestruz una amenaza, un pasado sin fin.
Dejé de escribir como forma de rebelarme contra los que exigen disciplina y dedicación. Contra todas las voces que me dicen que debería esto o aquello. Quedaron muchas páginas en blanco y ahora soy yo la única dueña de las historias y de los desenlaces...
No sé cuándo vaya a volver a abrir el cuaderno. Apenas he vuelto a esta página en blanco para decir que sí, que soy consciente y que vivo también en lo que callo. Que las hojas en blanco son una prisión y una pradera a la vez. Que mis manos se atan para no volver a coger el esfero pero mi mente se mueve velozmente y construye y reconstruye y así, los blancos espacios no traducen lo que pasa en otros escenarios.
Los castigos auto-impuestos no suponen mejoría. La vida va más allá de lo que nos restringimos.
Las palabras qué culpa tienen.
Dejé de escribir porque a veces las palabras le duelen más a los demás que a nosotros mismos. Tal vez ni siquiera son las palabras, sino la interpretación de ellas. Decir casa o lengua o avestruz no podría significar otra cosa que lo que se entiende por casa. No obstante, fueron los otros que vieron en lengua lo que yo no estaba mostrando, los que vieron en avestruz una amenaza, un pasado sin fin.
Dejé de escribir como forma de rebelarme contra los que exigen disciplina y dedicación. Contra todas las voces que me dicen que debería esto o aquello. Quedaron muchas páginas en blanco y ahora soy yo la única dueña de las historias y de los desenlaces...
No sé cuándo vaya a volver a abrir el cuaderno. Apenas he vuelto a esta página en blanco para decir que sí, que soy consciente y que vivo también en lo que callo. Que las hojas en blanco son una prisión y una pradera a la vez. Que mis manos se atan para no volver a coger el esfero pero mi mente se mueve velozmente y construye y reconstruye y así, los blancos espacios no traducen lo que pasa en otros escenarios.
Los castigos auto-impuestos no suponen mejoría. La vida va más allá de lo que nos restringimos.
Las palabras qué culpa tienen.
jueves, 25 de junio de 2015
Te levantas y te caes
"a veces enlaces, tropiezos sin paces
a veces tienes que hacer contigo las paces
a veces si haces no haces las paces
te levantas y te caes" -Anita Tijoux
A veces hacer las paces significa ir. A veces hacer las paces contigo es liberar.
Me hubiera podido quedar en el mismo jala-jala de siempre.
Nos hemos acostumbrado a tener la razón, cueste lo que cueste. Nos han impuesto la necesidad de demostrar que estamos en lo correcto.
Y hacerlo no siempre es ganancia.
Cerrar capítulos es liberador de vez en cuando. Es triste al mismo tiempo. Es el silencio y la duda. Es el recuerdo pasado y el futuro que ya no asiremos. Cerrar capítulos es un temblor en el labio, una lagrimita que se asoma, un canción que aparece sin pedirla y empieza a nublar toda la mirada.
No había que pasarlo por alto. Algo pasaba. Era esto. Se había atorado en la mitad de la garganta.
Era rabia, era dolor, eran ganas de desahogarse. Eran malas palabras como mierda y putamente.
A veces la rabia sabe mejor con malas palabras. A veces buscamos las peores palabras, las que ni nos sabíamos, las que no encajan, solo para darle más peso a nuestra rabia. Así toma forma. Así duele más.
Había que asumir el tiempo. Algo pasaba. No podíamos dejarlo pasar. Había que escupir la rabia y el desencanto. Todas las malas palabras que nos sabíamos. Cuando termináramos de escupirlas, nuestra rabia se iría.
Yo no escupí tanto, porque no me sé tantas. Porque yo preferí escuchar. Porque preferí asumir el tiempo y recibir la rabia sincera y preferirla. Preferirla antes que una amabilidad disfrazada, un interés vacío, unos ojos perdidos.
Hice las paces conmigo misma. No es fácil. Las lagrimitas me nublaron toda la cara. Me supieron a sal.
A veces no sabemos a quién le duelen nuestras ausencias.
martes, 13 de enero de 2015
Imágenes borrosas
Es bien sabido que, siempre, al mirar atrás encontraremos el camino que dejamos. No hay nada nuevo ahí. Cualquiera puede saberlo. Lo curioso es volver sobre los pasos andados y descubrirse en esas fotos, en esos escritos, en esas entradas de diario, en esos correos cruzados.
***
Hubo un tiempo en que quise que todo fuera como antes. En que me lamentaba por el paso del tiempo, por el cambio de las cosas, porque creo que en ese momento no estaba preparada para aceptar y entender el cambio.
Volví muchas veces sobre mis cuadernos y releí todo lo que había escrito. Intentaba dibujarme en la memoria distintos episodios, montar películas que recrearan exactamente lo que había pasado el jueves, el domingo por la tarde, antes de entrenamiento, después de clase. Guardé empaques de golosinas, boletas de cine, entradas a fiestas. Escuché una y otra vez las mismas canciones, me aprendí sus letras, las escribí en todo lugar que pude.
El tiempo fue pasando y se vinieron nuevas experiencias y momentos. Nuevas memorias para guardar. Todo quedó consignado de alguna forma en los anaqueles de mi archivo personal. Esta vez ya sin boletas, sin folletos, sin papeles acumulados. Sin basura. Era suficiente todo lo que había escrito, lo que dibujaba, las canciones que sonaron repetitivamente en mi computador.
Si hoy quisiera regresar a esos momentos, tendría una banda sonora completa. Cada canción me remitiría a un lugar, a una sensación, a un sentimiento fuerte que me inquietaba y que yo intentaba calmar escribiendo y dibujando. Aceptaba el cambio de mejor manera, pero aún así había cosas que quería fijarme para siempre en las retinas.
***
Vivo ahora este presente que una vez fue el futuro que deseé. La música viene a mí, los libros, el diario, las entradas al blog, las boletas de cine, las entradas de museo. Todo está y a la vez, se ha ido.
No tengo la estrecha necesidad de conservar las memorias. No me perturban mis recuerdos borrosos, mi imagen miope de lo que he vivido. Sé que algún día todo lo olvidaremos y estará bien, supongo.
Me cautiva volver sobre mí misma y reconocerme en esas letras. Me desconozco en cierta medida. Era una marejada que quería chocarse con las rocas una y otra vez para que quedara una marca, para cambiar el curso de las cosas. Pero no. Las cosas siguieron por el camino que les correspondía. Yo también.
Y en ese sendero que me fui trazando y que voy recorriendo me encuentro aquí alejándome de ese viento huracanado que una vez intento llevarme. En cambio, respiro otros aires y las cosas cambian y se van. No podré conservar para siempre lo que mis ojos ven. No todo lo que guardo son imágenes. Quizás esa sea la mayor transformación: he aceptado que los bordes se diluyen, que no puedo guardar para siempre las fotografías, que mientras más las deje ir, más libre andaré.
A la final lo terminaremos olvidando. Y todo irá bien.
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