He intentado escribir alguna cosa, cualquier cosa en esta página. Tal vez no lo he intentado verdaderamente, apenas me lo he imaginado incontables veces: mientras voy en el bus, cuando salgo de una clase, cuando subo a la terraza por unas galletas, cuando cruzo la calle para comprar un bonyur.
Me he imaginado varias veces volver sobre la página en blanco y contar. Dejarme llevar por las cosas que quiero decir, pero no. Hasta hoy, meses después, vuelvo y lo hago, como una tarea, como un deber. Porque tuve la idea de escribir una vez al mes y de llenar los espacios, pero cuando ya me sentí muy cómoda, renuncié, me detuve.
Me pasa a menudo que después del entusiasmo y la emoción que me suscitan las nuevas empresas, me quedo en blanco y decido detenerme. Yo no he entendido bien por qué... no sé si será mi ascendente o mi signo solar, pero me pasa constantemente: paro, pierdo la concentración, el interés y quiero hacer otra cosa, mirar a otro lado, callar.
Así, en estas últimas semanas, me he sentido. Mientras tanto en mi cabeza se atropellan todas las ideas, todas las palabras y las voces. Por fuera, en cambio, no puedo escribir, no puedo pintar, ni tejer. Ni siquiera hablar... estoy con la boca quieta y las palabras intentan abrir los labios pero no pueden porque tampoco hacen mucho esfuerzo, prefieren quedarse ahí, jugando entre la cabeza y la boca, entre la boca y el corazón.
Y sin embargo, he tenido varios temas, muchos temas de conversación, de discusión, de duda. He pensado, por ejemplo, en el paso del tiempo, en una vuelta más que le acabo de dar al sol; en junio, mitad de año, mes del solsticio y unos de mis tiempos predilectos; en el amor, en lo que se dice sentir, en lo que se siente en realidad, en la persona que encarna el amor, en la persona que ama.
He pensado, también, en la repetición de la secuencia que con distintas variables sigue siendo la misma; en los tiempos que creemos dejar atrás pero que de vez en cuando vuelven a aparecer en forma de canciones, de textos, de cartas perdidas; en los aviones y el cielo, especialmente en el cielo.
Han sido muchos minutos tratando de aquietar las palabras que corren en carros chocones y no se dejan alcanzar, que no quieren salir, a las que no les interesa ver la luz. De ahí mi dificultad al tratar de trazar una palabra, una oración, unos párrafos.
Por ahora prefiero perderme en las letras de otros. Tal vez, de esa forma, vengan y se queden conmigo las intenciones que pretendo convertir en acción. Tal vez leyendo sus palabras encuentre lo que quiero decir, lo que puedo decir. Porque sí, a fin de cuentas, no tenemos que decir (nos) todo sino apenas lo que estemos en capacidad de hacer.
Mientras busco cómo quedarme en este ejercicio, en cómo traducir lo que pasa de mi boca para adentro, he roto el hechizo. He hecho el deber.
miércoles, 2 de julio de 2014
sábado, 19 de abril de 2014
Pasos literarios
Pensé mucho en donde escribir y si escribir era una buena idea. Después de tanto pensar y de leer y releer las cosas que se han escrito a raíz de su muerte, decidí que sí, que iba a escribir porque no queda de otra.
Estaba en bachillerato, apenas empezando -sexto o séptimo, no recuerdo bien- cuando mi mamá me trajo un libro titulado "Todos los cuentos" de Gabriel García Márquez. Allí estaban reunidos los cuentos de tres libros distintos: 'Ojos de perro azul', 'Los funerales de la Mamá Grande' y 'La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada'. Si mal no recuerdo, esa fue la primera vez que leí a García Márquez.
Después de eso, la vida no fue igual. Leer esos cuentos y luego seguir con 'Relato de un naúfrago' y 'El coronel no tiene quien le escriba' me convirtieron en la lectora que soy; me mostraron que la vida sin literatura no podía ser más; me dejaron ver el poder de las palabras y la magia de la poesía. Leer estas obras no era solo un gran pasatiempo sino una forma de querer a mi mamá porque, arriba, en el altillo estaba una colección de libros de Oveja Negra que ella había comprado en los años ochenta. Y en mí siempre ha habido un interés particular por imaginarme a mi mamá joven, sin hijos; así que siempre me gustó hacer cosas que ella ya había hecho como también me produce una emoción especial llegar a lugares donde ella ya estuvo.
Por eso leía yo sin pausa pero sin prisa, concentrada y con precaución de no dañar esos libritos de hojas amarillas y olor a viejo que ya eran míos. El placer de leerlos venía por partida doble y yo me sentía dueña de un tesoro que debía conservar. Después vinieron las lecturas obligadas en el colegio y 'Cien años de soledad', 'Crónica de una muerte anunciada' y 'Doce cuentos peregrinos'. Siempre, hasta el final, fue una felicidad para mí dedicarme a leer, ver que mis tareas consistían en eso y que los mundos recreados por García Márquez contenían todas las posibilidades que no permitían el aburrimiento.
Luego, en la universidad, Piedad Bonett daba una clase de García Márquez y por supuesto la inscribí. Releyendo sus obras, corroboré que su literatura era el mejor antídoto para la depresión, para la tristeza, para la soledad. Corroboré, además, que no me había equivocado en escoger la carrera y que si tuviera que pasar mi vida leyendo, lo haría de mil amores y felizmente.
A García Márquez le debo muchas cosas. Y hoy, con su muerte, queda un vacío pero además una gratitud inmensa porque el amor que sentí por sus obras y que luego se fue contagiando a otros libros, otras historias, es el mismo amor que he cultivado y he conservado desde ese entonces por la literatura en general. Es el amor que mi mamá también me ayudó a cultivar y que es amor para ella también.
La ventaja de un escritor es que sus obras no perecen, a diferencia de los pintores o los escultores cuyas obras ven reflejadas el paso del tiempo y la manipulación humana. Por fortuna, los libros nos sobrevivirán y por fortuna, nos quedan el tiempo, los ratos libres, los buses, las salas de espera y los libros de la biblioteca de mi mamá para leer y releer aquellas historias que una vez me mostraron el camino y me hicieron enamorarme de unas realidades intangibles y maravillosas que desde ese entonces me han llenado el corazón.
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lunes, 17 de marzo de 2014
Te espero
Te espero con los ojos abiertos,
con los brazos extendidos,
con la frente mirando el horizonte.
Te espero desde las 9 de la noche,
cuando las luces comienzan a aparecer
y nos empezamos a esconder.
Te espero con los ojos cerrados
para mirarte desde la oscuridad
y así derrotar el miedo.
Te espero con el cuerpo,
con la sonrisa, con las uñas.
Te veo llegar a las 4 de la tarde, sonriente, sin prisa.
Te espero desde que dices 'adiós'
y una vez más te espero,
aun sabiendo que será la última para esperarte.
miércoles, 19 de febrero de 2014
Esto es lo que hay
En este momento de la vida, del año, siento que esta ciudad
me queda grande... Bogotá es la ciudad de mis amores, de mi vida. Voy a cumplir
3 años de haberme devuelto y no me arrepiento de nada.. voy a cumplir años de
mi regreso para justo volverme a ir. Mientras tanto, he procurado llenarme de
verde los ojos...para que en el reverso me queden impregnadas las montañas, los
mangles, el mar, los árboles, las colinas. El verde, para mí, es el color del
paraíso.
Es cierto, esta ciudad me queda grande... antes la recorría sin mayor problema, con agilidad, con confianza. Ahora, solo llego hasta un punto... ya no tengo razones para irme más allá... mis razones se han ido, una a una, a otros parajes, a otros lugares que no me alcanzo a imaginar... ni siquiera estando acá cerca, en la frontera.
Uno se apropia de su ciudad en la medida en que la
recorre... y yo, por lo menos, tracé cartografías de mis afectos por dichas
calles, edificios, parques, avenidas que recorrí con aquellas personas. Ahora
que no están no encuentro tantos motivos para recorrer esos mismos lugares...
han quedado un poco vacíos de significados aunque el recuerdo permanece. A
veces me pregunto cómo sería si los que se fueron estuvieran todavía aquí, cómo
andaríamos, por dónde andaríamos. Esta ciudad me queda grande porque ahora está
llena de espacios vacíos (qué cosa rara llenarse de vacíos...) que me da pereza
volver a llenar. No la odio, no me quejo, siempre he querido a Bogotá. Bogotá
es mi nido, mi madre, mi cama. Bogotá es miércoles lluvioso y mañanas de
neblina; es charcos y soles reflejados en los edificios. Bogotá es librerías y
música de fondo; es mi perro, es Monserrate y ladrillos.
Esta ciudad me queda grande en este momento, no la culpo, no me culpo. La vida es como debe ser.
sábado, 1 de febrero de 2014
lo que queda
"la vida es como debe ser..."
tantas palabras que quedan escritas y luego se olvidan,
tanto lo que se dice, lo que se grita, lo que se calla.
abrir la boca para escupir la d, la t, la w, la j, la q, la e...
todo el tiempo que invertimos en hacernos entender,
en esperar que la otra persona descifre el mensaje, lo procese.
el tiempo que se nos va en escuchar a los demás,
en prestar atención a historias ajenas.
***
contengo la rabia para no enredarme la lengua,
para no morderme los labios cuando intente decir.
cuando quiera explicar que las cosas no eran así,
que iban a ser mejores.
una de mis casas se ha ido. la del corazón.
me quedan en los ojos los paisajes:
el verde de las montañas y el rojo de las colinas;
el azul aguamarina de los mares profundos,
las rocas amarillas y las naranjas colgando de los árboles.
me quedan nuestras propias historias,
los mundos que inventamos, las batallas que ganamos.
me quedan sus suspiros y su olor,
su calma y su sonrisa.
se quedan conmigo las cosas que aprendí,
lo que mejoré, lo que compartí.
y todavía quedan estas palabras que intentan arrancar la pesadumbre
y dar sosiego. que se mueven al vaivén de la música,
que tararean, que vacilan y se desprenden u n a a u n a . . .
pero al fin de cuentas las palabras no sanan, no rescatan, no alivian...
están ahí para ser dichas y escuchadas, para volver sobre ellas,
una y otra vez, una y otra vez.
son estas palabras que me condenan y me atan,
me liberan y me consienten,
me hablan desde cerca y me susurran desde lejos.
son estas palabras, las mismas, las que están aquí,
conmigo,
para hacer esto todo más llevadero.
a mar.
jueves, 19 de diciembre de 2013
yo vivo haciendo relaciones, vivo en red. todo para mí funciona en conexión: la ropa que me pongo está llena de recuerdos. con una camisa puedo acordarme del día exacto en que salí a bailar. la chaqueta roja fue la misma que tenía cuando fui a tomar pola un viernes. el pantalón que ya no me queda fue el que usé en una fiesta del colegio con unos zapatos blancos que me prestaron.
los olores me llevan a sitios precisos o a momentos. puedo recordar el aroma de un perfume que alguien usaba en yellowstone. hay un olor de un splash que me recuerda los días en la habana. una crema me lleva al tiempo en que salí con aquel chico.
eso es rememorar... y digamos que casi todos estamos condicionados por ese hecho. pero mi forma de relacionarme va más allá de eso. cuando estaba en el colegio siempre estaba buscando la relación entre mis amigas y yo, entre los demás compañeros y yo, entre los del grado siguiente y yo: si éramos tres, yo miraba cuántas estábamos de sudadera y cuántas de uniforme o quién se había traído el pelo recogido y quién se lo había dejado suelto. miraba quién se comía el postre y quién no pedía arroz. a veces me fijaba en el tipo de medias o lo que llevábamos de lonchera o si éramos más los que teníamos los tennis blancos o los que los tenían con colores.
en la casa hacía lo mismo: si yo tenía algo rojo miraba si mi mamá o mi hermano tenían algo rojo también. estaba pendiente en ver si todos pedíamos limonada al almuerzo o uno pedía jugo de mora. cuando íbamos en el carro, jugaba con las placas de los otros carros. me gustaba buscar placas que tuvieran la letra b (porque los carros que habíamos tenido hasta entonces eran BBG 486 y BIL 168) y ver si eran de bogotá o no. si lo eran, esos carros me gustaban. sentía que las cosas tenían sentido.
siempre vivo pensando en relación con... si alguien habla de una canción que justo había esuchado esa mañana; si alguien dice que le gusta oler los libros recién comprados, como a mí; o si alguien me habla de la película del libro del que un día antes otro alguien me había hablado. me fijo en quienes tienen lunares en la cara, como yo: o miro cuántos con gafas somos en una reunión. me gusta contar cuántos tienen botas o cuántos tienen barba o cuántas usan falda arriba de la rodilla.
me la paso haciendo relaciones, contando, diferenciando. jugando a ver cuántos equipos se podrían formar entre los presentes según un mismo rasgo. pero también juego con las canciones y los lugares y las calles. como cuando cruzo un puente y me acuerdo de un sábado cuando esperé un bus justo en ese mismo puente y tenía muchas incógnitas en ese momento.
o como cuando ando por la ciclovía y paso por ése edificio y recuerdo todas las veces que pasé por el frente intentando verlo. o como cuando escucho una canción de rock colombiano y me veo con mis amigas bailando en la cancha de volibol. a veces me acuerdo del olor de esa crema y me veo sentada en su carro, andando por la ciudad. otras veces recuerdo el sabor del yogur de cerezas negras y recuerdo el olor de mi cuarto de hospital (que no estaba en un hospital).
el cielo azul de enero me recordó otros cielos surcados y el sol de las 4 de la tarde me llevó a los atardeceres de las 8 de la noche.
vivimos en red... las conexiones están más cerca de lo que podemos imaginar y en el cruce de caminos entre un aroma o una canción, nos queda lo que nos constituye. el recuerdo que empezará a evaporarse, la sensación que ya se irá. por ahora, intento conservar en vasos de vidrio lo que más pueda para un día saber soltar.
los olores me llevan a sitios precisos o a momentos. puedo recordar el aroma de un perfume que alguien usaba en yellowstone. hay un olor de un splash que me recuerda los días en la habana. una crema me lleva al tiempo en que salí con aquel chico.
eso es rememorar... y digamos que casi todos estamos condicionados por ese hecho. pero mi forma de relacionarme va más allá de eso. cuando estaba en el colegio siempre estaba buscando la relación entre mis amigas y yo, entre los demás compañeros y yo, entre los del grado siguiente y yo: si éramos tres, yo miraba cuántas estábamos de sudadera y cuántas de uniforme o quién se había traído el pelo recogido y quién se lo había dejado suelto. miraba quién se comía el postre y quién no pedía arroz. a veces me fijaba en el tipo de medias o lo que llevábamos de lonchera o si éramos más los que teníamos los tennis blancos o los que los tenían con colores.
en la casa hacía lo mismo: si yo tenía algo rojo miraba si mi mamá o mi hermano tenían algo rojo también. estaba pendiente en ver si todos pedíamos limonada al almuerzo o uno pedía jugo de mora. cuando íbamos en el carro, jugaba con las placas de los otros carros. me gustaba buscar placas que tuvieran la letra b (porque los carros que habíamos tenido hasta entonces eran BBG 486 y BIL 168) y ver si eran de bogotá o no. si lo eran, esos carros me gustaban. sentía que las cosas tenían sentido.
siempre vivo pensando en relación con... si alguien habla de una canción que justo había esuchado esa mañana; si alguien dice que le gusta oler los libros recién comprados, como a mí; o si alguien me habla de la película del libro del que un día antes otro alguien me había hablado. me fijo en quienes tienen lunares en la cara, como yo: o miro cuántos con gafas somos en una reunión. me gusta contar cuántos tienen botas o cuántos tienen barba o cuántas usan falda arriba de la rodilla.
me la paso haciendo relaciones, contando, diferenciando. jugando a ver cuántos equipos se podrían formar entre los presentes según un mismo rasgo. pero también juego con las canciones y los lugares y las calles. como cuando cruzo un puente y me acuerdo de un sábado cuando esperé un bus justo en ese mismo puente y tenía muchas incógnitas en ese momento.
o como cuando ando por la ciclovía y paso por ése edificio y recuerdo todas las veces que pasé por el frente intentando verlo. o como cuando escucho una canción de rock colombiano y me veo con mis amigas bailando en la cancha de volibol. a veces me acuerdo del olor de esa crema y me veo sentada en su carro, andando por la ciudad. otras veces recuerdo el sabor del yogur de cerezas negras y recuerdo el olor de mi cuarto de hospital (que no estaba en un hospital).
el cielo azul de enero me recordó otros cielos surcados y el sol de las 4 de la tarde me llevó a los atardeceres de las 8 de la noche.
vivimos en red... las conexiones están más cerca de lo que podemos imaginar y en el cruce de caminos entre un aroma o una canción, nos queda lo que nos constituye. el recuerdo que empezará a evaporarse, la sensación que ya se irá. por ahora, intento conservar en vasos de vidrio lo que más pueda para un día saber soltar.
lunes, 21 de octubre de 2013
La escuela de Clodomiro*
Últimamente tengo una debilidad
por los acentos, por el tono de voz, por las expresiones que la gente emplea
cuando cuenta algo, cuando se dirige a otra persona. Clodomiro Otero tiene un
acento marcado y que a primera instancia no se reconoce de dónde viene. Ni a
primera ni a segunda, solo se sabe que no es del interior. Clodomiro viene de
Arauca y fue seleccionado como tutor del departamento en el concurso de méritos
que abrió el Ministerio de Educación para formar a 3000 tutores en toda
Colombia.
A él le correspondió el Centro
Educativo Indígena –CEIN- El Vigía de la comunidad del resguardo indígena del
mismo nombre, del pueblo indígena Makaguan. Y su misión consistía en
implementar el programa Todos a Aprender (PTA) en el CEIN del municipio de Arauquita;
sin embargo, su llegada no fue fácil ya que la comunidad indígena no aceptaba a
nadie que no fuera de su misma etnia.
El Vigía ha sufrido por años el
abandono del Estado, la violencia de diferentes actores que encuentran esta
región como sitio estratégico para sus actividades delictivas, ya que limita
con Venezuela y está a la orilla del Río Arauca, un territorio de paso y
hegemonía para los alzados en armas. Entonces, cuando Clodomiro llegó, la
comunidad fue escéptica ante la presentación de su propuesta, tanto profesores como
directivos y líderes de la comunidad se llenaron de dudas debido a otros
programas que, en el pasado, les habían prometido cambios y buenos propósitos
que se convirtieron en engaños y en pérdida de tiempo y desconfianza.
Pero Clodomiro, que se ríe
espontáneamente y se muestra afable y optimista, decidió que iba a entrar a la
comunidad e iba a contagiar a los demás docentes del entusiasmo que él traía
para dar a conocer el programa del Ministerio. Su formadora, Liliana Osorio, lo
asesoró para que primero se contactara con algunos docentes indígenas, les
hablara sobre el programa PTA y que conocieran los beneficios en la
transformación de la calidad educativa. Así, con la ayuda del supervisor de
educación del municipio de Arauquita, el padre Luis Fernando Millán, consiguió
una cita con el director Álvaro Leal Toloza. Ahí fue donde todo comenzó.
Lo primero que hizo Clodomiro fue
hacer un diagnóstico de la institución y lo que encontró fue un deterioro total
en todos los niveles: la infraestructura era precaria; los niños sufrían de
desnutrición y la gran mayoría andaba descalza; los profesores estaban
desmotivados; los papás no estaban interesados en el proceso de aprendizaje de
los hijos y, adicionalmente, el cabildo indígena no cree en programas
institucionales ni en nadie que venga de fuera.
No obstante, con su risa
simpática, Clodomiro dice que él vio mucha necesidad y su deseo de ayudar se
acrecentó, por eso, con paciencia, persuasión y mucho diálogo logró acercarse a
la comunidad en una Asamblea comunitaria indígena, después de una votación de
confianza e intercambio de opiniones. Al tutor lo favoreció que aunque no fuera
de la zona, era de la región. Era la primera vez que una persona, sin ser
indígena, lograba introducirse en la colectividad y asesorar una escuela de
esta etnia.
Lo que vino después y lo que ha
desarrollado desde febrero, si bien no se puede decir que ha sido lo más fácil,
sí ha sido más llevadero, puesto que a partir del diagnóstico inicial, tanto
Clodomiro como la formadora Liliana y el rector Álvaro han podido trazar varios
objetivos, como el mejoramiento de las prácticas en el aula y los resultados de
las Pruebas Saber.
Con el paso del tiempo, los niños
se han acercado a Clodomiro y han participado en las actividades que se han
propuesto como la realizada por la Secretaría de Educación del departamento, Arauca lee, cuyo objetivo era la
presentación de los libros recibidos en el Plan Semilla por parte de cada
establecimiento educativo. En El Vigía los niños realizaron una pequeña feria
del libro en la que expusieron sus libros y a la que tanto padres como demás
miembros de la comunidad asistieron.
Cuando Clodomiro habla de este
evento sonríe más que de costumbre, está contento porque la biblioteca se ha
ido organizando, porque los niños se interesan por los libros, porque los
profesores incentivan a leer. Por otra parte, el CEIN ha realizado diferentes
actividades en las que se promueve la lectura, como actos culturales e izadas
de bandera en donde los niños participan, recitan, leen y dramatizan distintos
pasajes de obras.
Otro punto que destaca el tutor
es el avance que se ha logrado con las Pruebas Saber ya que antes ni los niños
ni los profesores sabían cómo llenar el formato y por lo tanto, no podían
terminarlas. Clodomiro dice que todo es un proceso, que los resultados no
llegarán de la noche a la mañana y que por eso, hay que hacerle sin pausa pero
sin prisa hasta alcanzar los objetivos.
Clodomiro hace énfasis en la
necesidad de que el programa Todos a
Aprender se convierte en una
política de Estado, porque él se preocupa al pensar qué va a pasar cuando el
gobierno de Santos se acabe. Uno de los proyectos que están en curso es el de
diseñar el currículo del CEIN de acuerdo a sus necesidades, ya que el currículo
tradicional no satisface sus intereses. Para esto, la comunidad debe reunirse y
entre todos trabajar por la elaboración del Proyecto Educativo Comunitario
–PEC-, que deja ver la importancia de la educación diferenciada en Colombia. Es
por esto que Clodomiro está comprometido con el resguardo y la institución
educativa, porque ya no solo piensa en cómo mejorar la calidad educativa de
niños y niñas del pueblo Makaguan sino también cómo toda la comunidad se
beneficia si hay un proyecto educativo claro, pertinente, consciente y
reflexivo.
Con su acento difícil de
localizar y su sonrisa expresiva, Clodomiro dice que está preparado para
continuar trabajando el otro año en el programa. Si por él fuera, se quedaría
su buen tiempo en El Vigía, una comunidad que le abrió las puertas y a él le
quedó gustando. Dice que el apoyo que le han brindado le ha dado a él motivos
suficientes para seguir adelante con su propósito de contribuir a la educación
en Colombia, para enfrentar los retos que se trazan en una región tan apartada
como esta. Retos que lo comprometen a él, con toda la fuerza de su ser.
* Texto escrito para el lanzamiento de la estrategia web del programa Todos a Aprender del Ministerio de Educación, oct. 2013.
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