lunes, 2 de mayo de 2016
Anhelo de ser
Ese proyecto de vida
ese ser más que nosotros mismos.
Jugar a la casita
decorar la sala
tener una sala.
Pensar en el día a día
la leche para el cereal
las galletas para el té.
Comprar flores para el florero
limpiar el polvo de los libros
abrir las ventanas para que se vaya el aire gastado.
Ese proyecto de vida
ese anhelo de ser.
miércoles, 13 de abril de 2016
De hojas en blanco y silencios...
Dejé de escribir porque me ocupé en otras cosas...porque dediqué la vida de ese tiempo a recorrer una ciudad que no terminé de conocer pero que me maravilló constantemente. Y aunque siempre tuve los temas presentes, aunque cuando caminaba se me ocurrían las historias y en muchos momentos vi la oportunidad de escribir acerca de eso, no lo hice.
Dejé de escribir porque a veces las palabras le duelen más a los demás que a nosotros mismos. Tal vez ni siquiera son las palabras, sino la interpretación de ellas. Decir casa o lengua o avestruz no podría significar otra cosa que lo que se entiende por casa. No obstante, fueron los otros que vieron en lengua lo que yo no estaba mostrando, los que vieron en avestruz una amenaza, un pasado sin fin.
Dejé de escribir como forma de rebelarme contra los que exigen disciplina y dedicación. Contra todas las voces que me dicen que debería esto o aquello. Quedaron muchas páginas en blanco y ahora soy yo la única dueña de las historias y de los desenlaces...
No sé cuándo vaya a volver a abrir el cuaderno. Apenas he vuelto a esta página en blanco para decir que sí, que soy consciente y que vivo también en lo que callo. Que las hojas en blanco son una prisión y una pradera a la vez. Que mis manos se atan para no volver a coger el esfero pero mi mente se mueve velozmente y construye y reconstruye y así, los blancos espacios no traducen lo que pasa en otros escenarios.
Los castigos auto-impuestos no suponen mejoría. La vida va más allá de lo que nos restringimos.
Las palabras qué culpa tienen.
Dejé de escribir porque a veces las palabras le duelen más a los demás que a nosotros mismos. Tal vez ni siquiera son las palabras, sino la interpretación de ellas. Decir casa o lengua o avestruz no podría significar otra cosa que lo que se entiende por casa. No obstante, fueron los otros que vieron en lengua lo que yo no estaba mostrando, los que vieron en avestruz una amenaza, un pasado sin fin.
Dejé de escribir como forma de rebelarme contra los que exigen disciplina y dedicación. Contra todas las voces que me dicen que debería esto o aquello. Quedaron muchas páginas en blanco y ahora soy yo la única dueña de las historias y de los desenlaces...
No sé cuándo vaya a volver a abrir el cuaderno. Apenas he vuelto a esta página en blanco para decir que sí, que soy consciente y que vivo también en lo que callo. Que las hojas en blanco son una prisión y una pradera a la vez. Que mis manos se atan para no volver a coger el esfero pero mi mente se mueve velozmente y construye y reconstruye y así, los blancos espacios no traducen lo que pasa en otros escenarios.
Los castigos auto-impuestos no suponen mejoría. La vida va más allá de lo que nos restringimos.
Las palabras qué culpa tienen.
jueves, 25 de junio de 2015
Te levantas y te caes
"a veces enlaces, tropiezos sin paces
a veces tienes que hacer contigo las paces
a veces si haces no haces las paces
te levantas y te caes" -Anita Tijoux
A veces hacer las paces significa ir. A veces hacer las paces contigo es liberar.
Me hubiera podido quedar en el mismo jala-jala de siempre.
Nos hemos acostumbrado a tener la razón, cueste lo que cueste. Nos han impuesto la necesidad de demostrar que estamos en lo correcto.
Y hacerlo no siempre es ganancia.
Cerrar capítulos es liberador de vez en cuando. Es triste al mismo tiempo. Es el silencio y la duda. Es el recuerdo pasado y el futuro que ya no asiremos. Cerrar capítulos es un temblor en el labio, una lagrimita que se asoma, un canción que aparece sin pedirla y empieza a nublar toda la mirada.
No había que pasarlo por alto. Algo pasaba. Era esto. Se había atorado en la mitad de la garganta.
Era rabia, era dolor, eran ganas de desahogarse. Eran malas palabras como mierda y putamente.
A veces la rabia sabe mejor con malas palabras. A veces buscamos las peores palabras, las que ni nos sabíamos, las que no encajan, solo para darle más peso a nuestra rabia. Así toma forma. Así duele más.
Había que asumir el tiempo. Algo pasaba. No podíamos dejarlo pasar. Había que escupir la rabia y el desencanto. Todas las malas palabras que nos sabíamos. Cuando termináramos de escupirlas, nuestra rabia se iría.
Yo no escupí tanto, porque no me sé tantas. Porque yo preferí escuchar. Porque preferí asumir el tiempo y recibir la rabia sincera y preferirla. Preferirla antes que una amabilidad disfrazada, un interés vacío, unos ojos perdidos.
Hice las paces conmigo misma. No es fácil. Las lagrimitas me nublaron toda la cara. Me supieron a sal.
A veces no sabemos a quién le duelen nuestras ausencias.
martes, 13 de enero de 2015
Imágenes borrosas
Es bien sabido que, siempre, al mirar atrás encontraremos el camino que dejamos. No hay nada nuevo ahí. Cualquiera puede saberlo. Lo curioso es volver sobre los pasos andados y descubrirse en esas fotos, en esos escritos, en esas entradas de diario, en esos correos cruzados.
***
Hubo un tiempo en que quise que todo fuera como antes. En que me lamentaba por el paso del tiempo, por el cambio de las cosas, porque creo que en ese momento no estaba preparada para aceptar y entender el cambio.
Volví muchas veces sobre mis cuadernos y releí todo lo que había escrito. Intentaba dibujarme en la memoria distintos episodios, montar películas que recrearan exactamente lo que había pasado el jueves, el domingo por la tarde, antes de entrenamiento, después de clase. Guardé empaques de golosinas, boletas de cine, entradas a fiestas. Escuché una y otra vez las mismas canciones, me aprendí sus letras, las escribí en todo lugar que pude.
El tiempo fue pasando y se vinieron nuevas experiencias y momentos. Nuevas memorias para guardar. Todo quedó consignado de alguna forma en los anaqueles de mi archivo personal. Esta vez ya sin boletas, sin folletos, sin papeles acumulados. Sin basura. Era suficiente todo lo que había escrito, lo que dibujaba, las canciones que sonaron repetitivamente en mi computador.
Si hoy quisiera regresar a esos momentos, tendría una banda sonora completa. Cada canción me remitiría a un lugar, a una sensación, a un sentimiento fuerte que me inquietaba y que yo intentaba calmar escribiendo y dibujando. Aceptaba el cambio de mejor manera, pero aún así había cosas que quería fijarme para siempre en las retinas.
***
Vivo ahora este presente que una vez fue el futuro que deseé. La música viene a mí, los libros, el diario, las entradas al blog, las boletas de cine, las entradas de museo. Todo está y a la vez, se ha ido.
No tengo la estrecha necesidad de conservar las memorias. No me perturban mis recuerdos borrosos, mi imagen miope de lo que he vivido. Sé que algún día todo lo olvidaremos y estará bien, supongo.
Me cautiva volver sobre mí misma y reconocerme en esas letras. Me desconozco en cierta medida. Era una marejada que quería chocarse con las rocas una y otra vez para que quedara una marca, para cambiar el curso de las cosas. Pero no. Las cosas siguieron por el camino que les correspondía. Yo también.
Y en ese sendero que me fui trazando y que voy recorriendo me encuentro aquí alejándome de ese viento huracanado que una vez intento llevarme. En cambio, respiro otros aires y las cosas cambian y se van. No podré conservar para siempre lo que mis ojos ven. No todo lo que guardo son imágenes. Quizás esa sea la mayor transformación: he aceptado que los bordes se diluyen, que no puedo guardar para siempre las fotografías, que mientras más las deje ir, más libre andaré.
A la final lo terminaremos olvidando. Y todo irá bien.
miércoles, 10 de diciembre de 2014
Volver a las palabras
Las palabras a veces son más fuertes que yo. La impresión que me queda al volver a ellas después de un tiempo, me deja muda:
[...] querer amarte de una forma simple, cándida, limpia, para luego darme cuenta que entre los sentimientos y los actos hay unas aguas turbias, unos remolinos, una huracán que no nos deja quedarnos en pie.
la más terrible turbulencia opaca los colores, las cartas, las risas, las charlas, el cine, las calles, el baile, el café, los parques. nos opaca a ti y a mí.
la imposibilidad de amarte y de que me ames,
la incomunicación,
la angustia,
la ansiedad.
dejarte ir,
no volver a tocarte,
no imaginarte como eres.
la frustración.
el fracaso.
(dos años y medio atrás)
[...] querer amarte de una forma simple, cándida, limpia, para luego darme cuenta que entre los sentimientos y los actos hay unas aguas turbias, unos remolinos, una huracán que no nos deja quedarnos en pie.
la más terrible turbulencia opaca los colores, las cartas, las risas, las charlas, el cine, las calles, el baile, el café, los parques. nos opaca a ti y a mí.
la imposibilidad de amarte y de que me ames,
la incomunicación,
la angustia,
la ansiedad.
dejarte ir,
no volver a tocarte,
no imaginarte como eres.
la frustración.
el fracaso.
(dos años y medio atrás)
domingo, 2 de noviembre de 2014
Dentro
Me pierdo aquí, un día sí y otro día también. Cierro los ojos y veo un mirador gigante en un pueblo de tierra caliente desde donde se ven montañas sin nombre y nubes. Cierro los ojos y la veo a ella, con su voz melodiosa, con su risa esporádica y su sonrisa constante. Recuerdo el tono de su voz en el camino, recuerdo el tono de su voz cuando comenzaba a cantar "me contaron los abuelos que hace tiempo...", recuerdo el tono de su voz mientras avanza con sus botas y su mochila.
Me pierdo aquí, entre edificios gigantes y calles con nombres largos que se acortan al pronunciar. Cierro los ojos y lo veo a él sonriente. Lo veo a él en el parque de la iglesia; el parque pequeño donde los pájaros cantan y donde siempre lamenté no saber más de pájaros para reconocerlos. Lo veo en un bus, agarrándose como mejor puede, sentándose en la ventana, mirando a la calle. Recuerdo su risa y sus dientes blancos, sus labios rosados y perfectos, su pelo crespo que no deja de crecer.
Me encuentro aquí entre grandes parques y árboles de hojas verdes y amarillas. Ni el rojo ni el naranja existen. Por acá no pasan esos colores. El cielo está surcado, con qué lo curaremos. Pasan aviones que no se chocan y trazan un mapa, un croquis para seguir. El sol calienta, todavía. El sol sale, todavía. Pero la noche avanza y el cielo se oscurece pronto y la vida se recoge y se aquieta por más tiempo.
Me siento aquí en edificios amplios, de techos altos, de columnas robustas, de placas en la pared. Salgo de una puerta grande y cruzo pasillos para llegar a otra puerta. El viento me pega en las mejillas y las puntas de los dedos comienzan a prepararse. Esquivo a los que vienen, me detengo por ahí, mientras camino, mientras respiro. Miro sus zapatos, miro sus chaquetas; los escucho hablar, los escucho reír. Me pregunto qué pasara por sus cabezas, en sus retinas, en sus oídos.
Los veo a todos, desde aquí. Hay un pueblo que me cabe en el pecho, unos atardeceres que confluyen con el cielo de esta latitud. Unos olores que todavía no se han mezclado con el olor del renacer que ya vendrá. Unos sabores que guardo y combino con los nuevos que experimento, que me invitan a mezclar.
Puedo llevarlo todo en mí, en mi mochila, en mis bolsillos, en mi libreta de apuntes.
Lo llevo todo porque todo está dentro de mí.
miércoles, 2 de julio de 2014
Último intento
He intentado escribir alguna cosa, cualquier cosa en esta página. Tal vez no lo he intentado verdaderamente, apenas me lo he imaginado incontables veces: mientras voy en el bus, cuando salgo de una clase, cuando subo a la terraza por unas galletas, cuando cruzo la calle para comprar un bonyur.
Me he imaginado varias veces volver sobre la página en blanco y contar. Dejarme llevar por las cosas que quiero decir, pero no. Hasta hoy, meses después, vuelvo y lo hago, como una tarea, como un deber. Porque tuve la idea de escribir una vez al mes y de llenar los espacios, pero cuando ya me sentí muy cómoda, renuncié, me detuve.
Me pasa a menudo que después del entusiasmo y la emoción que me suscitan las nuevas empresas, me quedo en blanco y decido detenerme. Yo no he entendido bien por qué... no sé si será mi ascendente o mi signo solar, pero me pasa constantemente: paro, pierdo la concentración, el interés y quiero hacer otra cosa, mirar a otro lado, callar.
Así, en estas últimas semanas, me he sentido. Mientras tanto en mi cabeza se atropellan todas las ideas, todas las palabras y las voces. Por fuera, en cambio, no puedo escribir, no puedo pintar, ni tejer. Ni siquiera hablar... estoy con la boca quieta y las palabras intentan abrir los labios pero no pueden porque tampoco hacen mucho esfuerzo, prefieren quedarse ahí, jugando entre la cabeza y la boca, entre la boca y el corazón.
Y sin embargo, he tenido varios temas, muchos temas de conversación, de discusión, de duda. He pensado, por ejemplo, en el paso del tiempo, en una vuelta más que le acabo de dar al sol; en junio, mitad de año, mes del solsticio y unos de mis tiempos predilectos; en el amor, en lo que se dice sentir, en lo que se siente en realidad, en la persona que encarna el amor, en la persona que ama.
He pensado, también, en la repetición de la secuencia que con distintas variables sigue siendo la misma; en los tiempos que creemos dejar atrás pero que de vez en cuando vuelven a aparecer en forma de canciones, de textos, de cartas perdidas; en los aviones y el cielo, especialmente en el cielo.
Han sido muchos minutos tratando de aquietar las palabras que corren en carros chocones y no se dejan alcanzar, que no quieren salir, a las que no les interesa ver la luz. De ahí mi dificultad al tratar de trazar una palabra, una oración, unos párrafos.
Por ahora prefiero perderme en las letras de otros. Tal vez, de esa forma, vengan y se queden conmigo las intenciones que pretendo convertir en acción. Tal vez leyendo sus palabras encuentre lo que quiero decir, lo que puedo decir. Porque sí, a fin de cuentas, no tenemos que decir (nos) todo sino apenas lo que estemos en capacidad de hacer.
Mientras busco cómo quedarme en este ejercicio, en cómo traducir lo que pasa de mi boca para adentro, he roto el hechizo. He hecho el deber.
Me he imaginado varias veces volver sobre la página en blanco y contar. Dejarme llevar por las cosas que quiero decir, pero no. Hasta hoy, meses después, vuelvo y lo hago, como una tarea, como un deber. Porque tuve la idea de escribir una vez al mes y de llenar los espacios, pero cuando ya me sentí muy cómoda, renuncié, me detuve.
Me pasa a menudo que después del entusiasmo y la emoción que me suscitan las nuevas empresas, me quedo en blanco y decido detenerme. Yo no he entendido bien por qué... no sé si será mi ascendente o mi signo solar, pero me pasa constantemente: paro, pierdo la concentración, el interés y quiero hacer otra cosa, mirar a otro lado, callar.
Así, en estas últimas semanas, me he sentido. Mientras tanto en mi cabeza se atropellan todas las ideas, todas las palabras y las voces. Por fuera, en cambio, no puedo escribir, no puedo pintar, ni tejer. Ni siquiera hablar... estoy con la boca quieta y las palabras intentan abrir los labios pero no pueden porque tampoco hacen mucho esfuerzo, prefieren quedarse ahí, jugando entre la cabeza y la boca, entre la boca y el corazón.
Y sin embargo, he tenido varios temas, muchos temas de conversación, de discusión, de duda. He pensado, por ejemplo, en el paso del tiempo, en una vuelta más que le acabo de dar al sol; en junio, mitad de año, mes del solsticio y unos de mis tiempos predilectos; en el amor, en lo que se dice sentir, en lo que se siente en realidad, en la persona que encarna el amor, en la persona que ama.
He pensado, también, en la repetición de la secuencia que con distintas variables sigue siendo la misma; en los tiempos que creemos dejar atrás pero que de vez en cuando vuelven a aparecer en forma de canciones, de textos, de cartas perdidas; en los aviones y el cielo, especialmente en el cielo.
Han sido muchos minutos tratando de aquietar las palabras que corren en carros chocones y no se dejan alcanzar, que no quieren salir, a las que no les interesa ver la luz. De ahí mi dificultad al tratar de trazar una palabra, una oración, unos párrafos.
Por ahora prefiero perderme en las letras de otros. Tal vez, de esa forma, vengan y se queden conmigo las intenciones que pretendo convertir en acción. Tal vez leyendo sus palabras encuentre lo que quiero decir, lo que puedo decir. Porque sí, a fin de cuentas, no tenemos que decir (nos) todo sino apenas lo que estemos en capacidad de hacer.
Mientras busco cómo quedarme en este ejercicio, en cómo traducir lo que pasa de mi boca para adentro, he roto el hechizo. He hecho el deber.
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