viernes, 4 de junio de 2010

¿para qué seguir recordándoles que lo pasaron por alto?
quisiera poder decir tantas cosas, todas a la vez. en un atropello continuo de frases y palabras y partes de canciones e insultos y groserías y poemas y títulos de libros y nombres de pintores y apellidos de escritores y colores y recuerdos y nostalgia y futuro y naves rotas y clavos y canela y azafrán y el bufón de la flota y las vacas en el balcón presidencial y los muertos que no están tan muertos y melchor y las luces apagadas y juan pablo castel y maría iribarne y los talleres de pintura y plaza francia y el atardecer y robin el heladero que era un perrito feliz y gordito y todos los falsos y sus intentos de pedir perdón y los cocteles y el queso y el jamón y el café caliente y el tinto oscuro y la cerveza y los libros arrumados y el alemán y la profesora que nunca entendí y el bonito semestre que me dedicaron los chicos y la lluvia y la chaqueta nueva y las botas sucias y el esfero de los estudiantes y don dieguito y la mochila y youtube y los vainazos y la ironía condensada y el valor de la palabra y todo lo demás.

sábado, 8 de mayo de 2010

'la pase muy rico' -dijo.
'yo también' -dije-.

apenas una tarde de cervezas y cine, mientras hablábamos de todo y de nada a la vez. en especial de chicas, de soledad, de apartamentos llenos de libros y de olas.

la ciudad me gusta cuando la camino con él. él me gusta cuando camino la ciudad.
nuestros caminos no están cruzados; cien calles nos separan.

cien calles, unos porros, tres trips, muchos libros y la misma soledad.

sábado, 30 de enero de 2010

Para no escucharte, para no verte, para hacer de cuenta que no existes.

Para que mis manos no te busquen y tus pupilas no se dilaten.

Para olvidar que hemos vivido, para ver hasta dónde hemos llegado, para no volver a pensar.

El acto delictivo de despertarme a medianoche para leer tu carta y descrifrar la letra pequeña, mientras las garzas de papel nadan en las dunas de mis sábanas.

Y escuchar la canción que tú también escucharías en este momento.

Todo para empezar...

martes, 22 de diciembre de 2009

Al escudero de mi hermano. A mi perro.

Me acaban de contar la historia de un tipo al que no le gustaban los perros y cuando llegó a la casa se encontró con un cachorrito que su papá había comprado. El tipo al ver al perrito se molestó tanto que empezó a gritar y a patearlo hasta sacarlo de la casa. Y el perrito quedó por fuera, dando vueltas por el conjunto, perdido, adolorido y solo. Pero el celador llamó al papá a contarle que el perrito estaba afuera de la casa y, entonces, éste mandó al tipo -su hijo- a que lo entrara de nuevo. En ese momento, el tipo se dio cuenta que era o él o el perro y decidió irse, para que el papá se quedara con el cachorro. Desde ese momento nadie sabe de su paradero...
Y me dio mucho mal genio al escuchar esta historia. Yo cada vez que veo a Robin me doy cuenta que el amor es posible y la felicidad también.
Robin tiene -ya casi- 8 años y es muy consentido. Camina lento y a veces le cuesta bajar las escaleras, pero sigue batiendo la cola cuando nos ve, cuando se despierta, cuando le damos una golosina, cuando le ponemos la correa para salir a pasear.
Yo al principio principio no quería que Robin viniera, aunque me parecía la ternura condensada. Yo no quería embolatarme con un cachorrito sharpei que ni siquiera podía bajar las escaleras y que las arrugas no lo dejaban ver.
Ahora Robin está viejo, ya no juega a las escondidas y, a veces, se orina en la cama. Le han salido unos tumores en forma de verrugas en la piel y su apariencia no es muy atractiva para la gente. Cuando salimos siento, a veces, cierto rechazo de dueños de perros jóvenes y saltarines que nos miran con desprecio, y a mí me da tanta molestia, me da ira y los miro mal, siempre mal. Y después volteó a mirar a Robin y él está ahí, como si nada. A él no le afecta, no los determina, sigue derecho. Robin camina impávido, husmeando y levantando la pata y a veces se tira en la mitad de la calle, como haciendo pataleta y se revuelva sobre el lomo, aun a pesar de las feas verrugas. Él 'hace un gesto pero orondo se va'.
Robin como que no se ha dado cuenta bien de su apariencia. A él le basta que lo queramos y lo acompañemos, a él le basta con que lo saquemos al baño y le demos galletas o pedacitos de arepa. Él no se da cuenta de lo odiosa que puede ser la gente, de lo egoísta o falsa. A él no le importa. Siempre vuelve hacia nosotros y nos mira con su mirada profunda y su sentado elegante - de 'príncipe', dice mi mamá-, y no pregunta, no juzga, no alega, no habla mal.
Yo al verlo comprendo que de verdad puede haber felicidad. Cuando él se hace a mi lado me acuerdo de un libro que leí en sexto llamado 'Ojos de perro siberiano'. Antes no comprendía bien lo que quería decir el hermano del narrador sobre los ojos de su perro, ahora con Robin comprendo todo y aprecio lo que hay en dichos ojos.
Todo lo indescifrable que puede ser, toda su grandeza y, a la vez, toda su sencillez. Toda la felicidad.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Lo he confirmado. No soy la misma de hace 5 años, ni siquiera de hace tres. No me siento mal por recordar quién fui, quién era y verme cómo soy ahora. Por el contrario, creo que todo ha sido un proceso de "evolución"... una Bildungsroman, aunque la mía no sea una novela. No sé si se pueda decir que hoy soy mejor que hace 3, 5 ó 7 años, pero sé que soy otra. No sólo en mi aspecto físico (por aquello del pelo, las gafas, la 'masa corporal') sino porque en realidad me siento otra: tengo más criterio, hablo mejor, tengo mis propias percepciones acerca de muchas cosas que me rodean. Ahora soy más fuerte para enfrentar la soledad, para promover discusiones, para aceptar silencios y prolongar instantes.
Después de tantas frustraciones, de tantos desencuentros (no necesariamente amorosos) y ciertas enemistades, de falsas expectativas, de proyectos inacabados y de inseguridades, me alegra saber que he llegado a este punto.
No soy más rica ni más poderosa, ni más atractiva ni más popular. Pero soy una mujer (porque ya no soy adolescente, porque soy mujer con derechos, deberes y convicciones) con criterio y conciencia para, ahora, decidir sobre mí misma -aunque no por eso las decisiones que tome sean erradas en algunas ocasiones -, para decir cuándo quiero y cuándo no, para no dejarme meter los dedos en la boca y para callar cuando creo que es conveniente.
En algún momento se me ocurrió que debía hacer este balance para darme cuenta que nada, en estos cinco años, se perdió (por todas las veces que quise creer que sí). Y me pareció que además del balance, debía ponerlo por escrito porque así, dentro de cinco años, podré hacer una comparación entre la que soy y la que seré.
Y hoy me siento feliz de saber que tengo fundamentos para aceptar o rechazar diferentes cosas. Que tengo fundamentos para apoyar diferentes iniciativas y que mi criterio me permite discutir sobre temas que antes desconocía y sobre los que quiero seguir aprendiendo. Esta formación va más allá del aspecto académico y de los libros que leí y la teoría que estudié. Esta formación se inclina más hacia quién soy yo en el medio en el que vivo, cómo puedo aportar o no aportar, cómo me desenvuelvo, cómo me aproximo y cómo decido sobre mí misma (mis palabras, mi cuerpo, mis silencios, mis creencias, mi vida). Me alegra saber que la chica de hace 5 años sigue estando en esencia, pero ha tomado más conciencia, más independencia, más posiciones (cualesquiera que sean).
Ahora tengo muchas expectativas sobre lo qué ha de-venir y me he estado preguntando constantemente dónde estaré yo en 20 años, quién seré, quién estará conmigo. No hay respuestas, no hay siquiera aproximaciones porque yo, hoy, puedo decir una cosa, soñar una cosa, desear una cosa, pero mañana, a esta misma hora, todo podrá haber cambiado.
No hay respuestas, sólo preguntas y anhelos. El mundo, a veces, me cabe en la mano... a veces me parece inabarcable, pero entre esa dualidad, entre esa contradicción es que vivimos constantemente y es por tantas contradicciones que podemos forjarnos una identidad. No somos veletas. Al menos yo no quiero serlo, pero creo que es necesario caminar mucho para poder definir nuestro lugar en el mundo: es necesario coger diferentes caminos, perderse, desorientarse, llegar a la cima y volver a bajar... la experiencia nos hace ser quienes somos y por eso yo, hoy, después de 5 años soy otra, aunque conserve la mirada de aquella foto en la playa cuando tenía 3 años. Aunque tenga la misma sonrisa de mi fiesta de cumpleaños No 7.
Veremos quién seré dentro de 5 y 20 años.
No perderé la sonrisa, no perderé la esencia (espero).

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Mucho tiempo después, retomo este espacio.
Tenía muchas historias que contar pero todas quedaron en mi cabeza porque no fui capaz de abrir la ventana y empezar a escribir.
Quería (y todavía quiero) escribir sobre mi 'mejor amiga' y su pelo rojo y sus ojos azules. Quiero escribir sobre Sancho y su partida. Quiero escribir sobre el 19 de septiembre y el corte de pelo y las vacaciones largas.
Quiero escribir sobre el tiempo sin Sergei Ivanovch y lo gordo que ahora está.
La ventana está semi abierta, aunque durante la noche la dejé abierta de par en par (pero no me dio frío, sólo me despertó el ruido de la calle) y mi móvil de colores se mueve con el viento. Robin no alcanza a verse en el espejo, pero mira el móvil y se va.
Quiero seguir escribiendo.